HERMANAS CLARISAS

 

THE
Carta de los Ministros Generales de la Familia Franciscana

CONFERENCIA DE LOS MINISTROS GENERALES

DE LA PRIMERA ORDEN Y DE LA TOR

 

 

El Señor os de la paz a todas vosotras, Hermanas Pobres de Santa Clara.

Aún vibra el eco de la celebración de la fundación de la Primera Orden Franciscana y ahora todos estamos apuntando hacia el 2012, para dar gracias al Señor por los 800 años de la consagración de Clara en la Porciúncula. El aniversario no es una conmemoración de un pasado glorioso, sino un evento que hace memoria, con el fin de “sacar de la propia historia aún más impulso para renovar la voluntad de servir a la Iglesia”(1).

 

Llamados por el Espíritu a seguir a Cristo pobre, crucificado y resucitado, viviendo el Santo Evangelio en obediencia, sin nada propio y en castidad, sois custodias del carisma clariano, mujeres consagradas que interactúan con el mundo, contemplando los signos que el Espíritu siembra y difunde en la historia. En la escucha de Dios, habláis aún hoy al corazón de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo con el leguaje del amor, cuyas palabras emergen de la raíz de una existencia habitada por Dios.

 

TENED FIRME EL PUNTO DE PARTIDA

Hacer memoria de la propia vocación es una oportunidad para revisar las motivaciones del propio sí a Dios. Releyendo vuestra historia vocacional, retornad al encuentro con el Señor que habéis tenido a través de la Palabra, una persona, un acontecimiento, o una experiencia. Luego de las dificultades iniciales, habéis decidido seguir a Jesucristo, dejándoos determinar por Él y por su Evangelio. La experiencia de Francisco y de Clara os atrajo, y hoy su sí a Cristo se prolonga en el tiempo a través de vosotras.

 

Conscientes de que varias vicisitudes han favorecido y condicionado la

pureza de vuestra “Forma de vida”, y que diversas sedimentaciones seculares han transformado a veces la intuición original, estamos convencidos de que el aniversario de la fundación de vuestra Orden no puede limitarse a ser una simple evocación.

¿Qué queremos celebrar juntos: el recuerdo de una Regla o la memoria de la historia de Dios con vosotras perpetuada en el tiempo y que aún hoy os proporciona la pasión por “observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad”(2)?

 

¿Cómo traer a la luz, en su plenitud, la Forma de vida que hace visible y creíble a todos que “por nosotros el Hijo de Dios se ha hecho camino, que nos mostró y enseñó con la palabra y con el ejemplo el beatísimo padre nuestro Francisco, de Él verdadero amante e imitador”3? ¿Cómo podéis aún hoy ser en la iglesia y para toda la familia franciscana memoria viviente de todo lo que nosotros, como bautizados, estamos llamados a vivir?

Sabemos que estáis desplegando las mejores energías para ser fieles a lo que habéis elegido y prometido y, por esto, advertimos la urgencia por releer con vosotras, en este momento histórico, las coordenadas de vuestra vida de Hermanas Pobres puestas por Dios en la Iglesia, en la familia franciscana y en el mundo.

 

Viviendo el Evangelio...

En una sociedad bombardeada por imágenes donde el individuo es lanzado a buscar una continua representación de sí mismo, vosotras estáis llamadas por el Espíritu a ser un simple signo de la presencia de Dios. Sabemos que no es siempre fácil, sobre todo cuando ello requiere una continua conversión evangélica de la mente, del corazón, de las actitudes, de las estructuras de vuestra personalidad, para ser significativas y para no caer en la fácil competición mundana, sin negociar los fundamentos de vuestra vida.

Mientras que el mensaje que pasa por vuestro testimonio se expresa con estructuras, signos y símbolos, la Regla escrita por Clara pide hoy a sus hijas una vida evangélica vivida como pobres sine glossa. Sabemos que en las fraternidades el Espíritu de Dios os lleva a buscar, a discernir evangélicamente, para mantener viva la atención y examinar las estructuras que no permiten reflejar inmediatamente la presencia de Dios.

 

Sois por lo tanto llamadas a revisar los signos y símbolos para que sean comprensibles, en este tiempo en que todo es opinable; incluso lo sagrado, que ya no conduce al más allá de Dios, tiene el riesgo de entrar en la lógica del usa y tira.

A los consagrados les es pedido expresar el absoluto de Dios. Vosotras, en modo particular, sois llamadas a vivir una vida fundada sobre signos y símbolos que no conducen al vacío de un estéril adoctrinamiento, ritualismo o activismo, sino que sepan conjugar en el hoy las raíces del pasado y la profecía del futuro: estructuras, signos y símbolos que hacen ver simplemente a Dios.

 

¿Cómo podéis ser testimonio de su presencia a través de la Forma de vida que un día el Espíritu ha confiado a Clara y que continúa confiándoos a vosotras en este tiempo en que parecen desaparecer las coordenadas más elementales de la existencia? Mientras todo el mundo gira vertiginosamente, vosotras, en la estabilidad, hacéis visible que Dios espera siempre a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo, para amarles.

 

Nutriéndoos con la Palabra de Dios, vosotras la encarnáis en lo cotidiano a través de la

obediencia en la fe4. La fe en Cristo no es un acontecimiento adquirido una vez por todas, sino que es un don del Espíritu. Ella requiere una continua educación, por lo que debe celebrarse, profesarse y vivirse. A través del cuidado de la liturgia, testimoniáis que Dios, el Padre que se hizo cercano a toda creatura, llama a la humanidad a estar en la historia en su presencia. Transformaos en lo cotidiano en visibles buscadoras del rostro de Dios, al modo de los peregrinos del mundo y de los mendigos del sentido de la vida.

 

Si la liturgia da forma a nuestra fe, la fe a su vez, para ser creíble, debe encontrar su correlato en lo cotidiano de la vida, a nivel personal y fraterno. De hecho, no se puede pensar en que basta creer, es necesario que el Misterio celebrado asuma en cada uno el rostro de Cristo. Aún hoy está difundida la separación entre la fe y la vida.

Ayudadnos a revisar nuestras celebraciones: el cuidado por la Liturgia de las Horas y de la Eucaristía, mientras está orientada constantemente a la alabanza de Dios, debe permitir, a quien participa, experimentar a través de la simplicidad clareana, la gracia de la presencia del Señor resucitado.

 

Dejándoos atravesar por el Espíritu y plasmar por el Evangelio, vosotras sois mujeres consagradas que se entregan a Dios. Con el ejemplo de Francisco y de Clara, vosotras, Hermanas pobres, contened, como la Virgen, a Aquel por el cual cada una y todas las cosas son contenidas (5).

Testimoniad en el silencio el “contemplar al Cristo del Evangelio, amarlo intensamente, imitar sus virtudes” (6). Narradnos, por lo tanto, con vuestra vida lo que escucháis, lo que veis con vuestros ojos, aquello que contempláis y vuestras manos tocan del Verbo de la vida (7). Continuad anunciando con vuestra existencia, viviendo la dimensión mística, que Dios existe, que Dios es amor(8).

 

En este mundo que parece indiferente a Dios, sois llamadas a expresar la presencia del Misterio que tiene el rostro del Padre. Sólo buscando con pasión a Cristo y su reino, podemos acoger, junto a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, la esperanza en el corazón, conscientes de formar parte de su misma suerte. Hacednos ver la belleza de sentirnos siempre personas en camino, que cada día apuestan en la historia, la vida con Dios.

 

La experiencia contemplativa de Clara nos interroga. Si invita a Inés a ponerse a ella misma en la imagen de Jesucristo (cfr. 3Cta 12-13), también hoy os pide a vosotras que os dejéis transformar a través de la contemplación, de donar vuestra existencia, en la búsqueda incesante de Dios, para liberaros de todo lo que ocupa su lugar, amando hasta el fin.

 

Si el hoy de Dios pide a los cristianos ser adultos en la fe, con más razón a vosotras, mujeres consagradas, les es pedida una fe adulta, que sepa relatar vuestra experiencia inédita del encuentro con el Señor, para responder con esperanza, allí donde estéis, a las preguntas profundas de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo. Sólo quien continuamente camina bajo la mirada de Dios, puede ponerse a la escucha de quien busca un sentido.

 

Gracias por vuestra búsqueda incansable de Dios: la libertad vivida en Él es una invitación a sumergirse cada día en el Misterio, a creer que Dios existe, porque lo habéis encontrado.

 

como pobres…

En este tiempo en que sólo pocos en el mundo navegan en la abundancia y la gran parte de las personas no tienen con qué alimentarse, a vosotras, Hermanas Pobre de Santa Clara, Francisco continúa a confiaros la Última Voluntad:

“Yo el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza. Y estad muy alerta para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de quien sea” (9).

 

Vosotras, Hermanas Pobres de Santa Clara, sois puestas por Dios en un lugar real, para ser signo de contradicción, no porque defendéis las estructuras, sino porque como pobres elegís cada día vivir radicalmente el Evangelio. Cada fraternidad se transforma en signo alternativo en los lugares de opulencia y signo de esperanza entre aquellos que viven precariamente, solo testimoniando la propia entrega y dependencia del Padre, revelado por Jesucristo. No una pobreza ideológica o intelectual, sino un estilo de vida que testimonia la confianza total en el Padre, que toma forma en lo cotidiano de la existencia. No faltan, de hecho, en el mundo algunas experiencias de fraternidad que eligen “testimoniar una vida extremadamente sobria, para ser solidarios con los pobres y confiar sólo en la Providencia, vivir cada día de la Providencia, de la confianza de ponerse en las manos de Dios”(10).

 

No permitáis que nada ni nadie os separe del propósito. Evaluad si la diversidad de pensamiento dentro de vuestra Orden se funda en la búsqueda común de ser fieles a Jesucristo y su Evangelio, o bien si la defensa de estilos de vida ya no se refieren más al Altísimo. Dios continúa a llamar a algunos a ser profetas, no para autoalabarse, sino para ser signo de su amor, de su cercanía a la humanidad: “El Señor dice: ‘He observado la miseria de mi pueblo en Egipto y he oído sus gritos… conozco sus sufrimientos’” (11).

 

      Expresadnos con un estilo de vida pobre, sobrio, humilde vuestra fe en la Providencia de Dios: “La pobreza es el signo de pertenencia a Él, y la garantía de credibilidad del Reino ya presente en medio de nosotros. Un signo siempre más convincente en nuestros días cuando se trata de una pobreza vivida en fraternidad, con un estilo de vida simple y esencial, expresión de comunión y de abandono a la voluntad de Dios” 12).

 

Hacednos gustar la alegría de la libertad, porque, contemplando, veis a Dios en cada fragmento de la vida. Demostradnos que no seguís las modas de hoy, que no estáis en competencia con la mundanidad, donde la apariencia, la autoalabanza, el individualismo, la autorefencialidad pretenden decolorar la obra maestra de Dios. Narradnos vuestra historia con Dios que se nutre de silencio, de escucha, de profunda vida espiritual. Viviendo en la estabilidad indicadnos lo que es verdaderamente esencial, bello, auténtico.

 

Sabemos que Dios es la verdadera riqueza del corazón humano13 y que la pobreza nos hace libres de la esclavitud de las cosas y de las necesidades artificiales a que empuja la sociedad de consumo: ayudadnos a redescubrir que Cristo es el único tesoro por el que vale la pena vivir verdaderamente14. Para Clara y para Francisco la “santísima pobreza” no es simplemente una virtud, ni sólo una renuncia a las cosas, sino que es sobre todo un nombre y un rostro: el rostro de Jesucristo Pobre y Crucificado (cfr. 2Cta 19). Para ambos, la contemplación de Cristo pobre no se reduce a una bella teoría mística de distanciamiento, sino que se hace carne en una pobreza real, concreta, esencial(15). Miremos su testimonio: ambos han amado la pobreza por el seguimiento de Cristo con dedicación y libertad totales y continúan siendo también para nosotros una invitación a cultivar la pobreza interior para crecer en la confianza en Dios, uniendo también un estilo de vida sobrio y un desinterés por los bienes materiales(16).

 

Llamadas a seguir, en la forma, a Cristo pobre, a abrazar por lo tanto la pobreza, debéis encontrar, si es necesario, nuevas formas para experimentarla17 con espíritu profético, a través de «un más claro testimonio de pobreza personal y colectiva […]»(18), como han hecho Francisco y Clara. La inculturación de algunas fraternidades que se conformaron con los pobres que viven en su ambiente, algunas veces es sorprendente. Cuando compartís con quien no tiene, cuando optáis vivir con lo necesario, cuando no acumuláis, cuando os confiáis a la fraternidad, hacéis creíble la opción por la pobreza, porque vivís vuestra fe en Dios, el Padre que se preocupa por la humanidad.

 

en santa unidad….

El mundo actual, inmerso en la aldea global, tiene el riesgo de transformarse en un escenario, donde contemporáneamente se mueven todos y ninguno. La muchedumbre, de hecho, corre el riesgo de ser atrapada en la red del anonimato: individuos que pierden el sentido de pertenencia a la familia, al grupo, a la historia, parecen avanzar sin tener un nombre propio y sin reconocer un tú.

 

Vosotras, si bien en el monasterio, vivís en esta sociedad, donde se multiplican los sin-lugar y donde todo concurre a estructurar una vida fuera del tiempo y sin sentido. Los individuos muchas veces dan vueltas sin la conciencia de la propia identidad, empobrecidos en la comunicación con el otro con que se establecen relaciones que se nutren muchas veces de obviedad. Vosotras, en la estabilidad, reflexionáis en la historia la presencia de Dios que da sentido al vivir cotidiano. Sois un signo importante en la iglesia, en la familia franciscana y en el mundo, para que en este tiempo en que cada uno reivindica sus propios derechos o vive en función de su propio yo, nos continuáis diciendo, a través de vuestras relaciones, que aún ahora es posible apostar al amor.

 

En un mundo que quiere reducir al individuo a consumidor inmerso en las leyes del gran mercado, vosotras apostáis a las relaciones auténticas que se nutren de silencio, de escucha, de espera, de perdón, de gratuidad, de don, de entrega de sí en la fe, de respeto a la diversidad de roles, de relaciones que miran a hacer crecer a la persona en la libertad, según la estatura de Cristo. Hoy, de hecho, mientras la mentalidad corriente se dirige a la nivelación de funciones, vosotras nos demostráis cómo ser “esposa, madre y hermana” (19): en vuestras fraternidades conjugáis firmeza y dulzura, autoridad y empatía, responsabilidad y libertad, autonomía y dependencia.

Acogiendo a cada hermana, como única e irrepetible, indicáis al mundo la obra maestra de Dios, que forma parte de la creación que vosotras custodiáis. Amáis a cada persona en su integridad, constituida por un nivel biológico, psicológico y espiritual –atravesada por el Espíritu– no reducible a una sola dimensión.

 

    A los ejemplos más comunes de intolerancia, de no respeto, de sospecha, de sojuzgamiento, vosotras respondéis con el estar siempre una al lado de la otra y juntas, como fraternidad, en el corazón de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, en diálogo con todos los que golpean a vuestros monasterios. Ayudadnos a ser personas de la escucha, a favorecer las relaciones evangélicas, profundamente humanas, que miran a la acogida de cada persona. Es significativo para nosotros, ver que en lo ordinario buscáis siempre más la felicidad del otro, deseáis “haceros para” el

Otro(20).

 

Sacando de la contemplación un nuevo modo de ser mujer consagrada, aprended en la escuela del Espíritu a unir la constante atención a Dios y a las hermanas. Divisamos en vosotras un continuo camino, para liberarnos de toda forma de egoísmo. No os preocupéis de estar a toda costa en el centro del universo: vivid según la economía del don, según la espiritualidad de la comunión, sin calificar el amor y sin pretender nada del otro. Os caracteriza la alegría donada en la gratuidad surgida de la experiencia del amor de Cristo. Necesitamos tomar de vuestros talleres de cultura, que se funda sobre el Evangelio, un método que nos ayude a conjugar los valores éticos con los valores sociales, para poder vivir radicalmente según el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob… de Jesucristo y ser portadores del Evangelio a través de una cultura de justicia y de paz.

 

Es significativo el cuidado que demostráis en la formación. No permitís que sea sólo instrucción, sino que miráis a un saber ser. Penetráis con la inteligencia emotiva en aquello que aprendéis y que consideráis significativo para vuestra existencia y para la de los demás. Testimoniáis en la cotidianidad, a través de la maduración humana, sostenida por la conversión continua, que es posible seguir a Jesucristo pobre.

Vosotras para muchos representáis un oasis de paz, donde hombres y mujeres pueden interrogarse sobre el Misterio que envuelve y atraviesa la vida. Sois llamadas a hacer creíble que el deseo de Dios está en lo hondo de cada creatura y que Dios busca constantemente al hombre y a la mujer, para establecer con cada uno, en la libertad, una relación cimentada en el amor. Sabemos cuánto os hacéis cargo de las preocupaciones del mundo y cómo continuáis intercediendo ante Dios.

Mirándoos, nos recordáis que es necesario soñar juntos para hacer visible un mundo evangélico.

 

Estamos convencidos de que el testimonio de la “santa unidad” necesita hoy de una reflexión sobre la relación entre la Primera y la Segunda Orden. No podemos ignorar que «un único y mismo Espíritu ha hecho surgir los frailes y aquellas damas pobres de este mundo»(21).

¿Qué significado tiene esta verdad en nuestra vida? Estamos persuadidos de que la santa «[…] unidad nos permite asumir, en la diversidad de las vocaciones, la profunda integridad de las dimensiones de la Iglesia, que el Concilio define en su totalidad como ferviente en la acción y dedicada a la contemplación. […] Si no es aceptable que la rama femenina esté sometida a la masculina, tampoco la total separación representa una solución aceptable; antes bien, esto sería un daño tanto para los frailes como para las hermanas. Nuestras Órdenes pueden, en cambio, ofrecer a la Iglesia y al mundo el testimonio de una sana y necesaria complementariedad vivida entre las dos ramas en una actitud de gran respeto mutuo, y al mismo tiempo de comunión y de recíproca ayuda, que sea imagen de la Iglesia-comunión»(22).

 

Quizás haya llegado el momento de consolidar una relación que sepa conjugar autonomía y reciprocidad. Somos conscientes de que no es en la sustitución ni en la tutela que se vive el carisma de la santa unidad, sino que es en el ponerse a la escucha unos de las otras y viceversa, en el respeto recíproco, en actitud contemplativa, para hacer visibles las riquezas comunes y la diversidad que hacen bella la propia especificidad y creíble el testimonio de la comunión vivida en Dios, sin confusión y sin dependencia.

 

El Señor os bendiga y os guarde

Queremos soñar con vosotras, para que Clara pueda ver realizada la Regla en su integridad entre sus hijas. Si en la actualidad Francisco y Clara están bajo los ojos de todos, es porque aún Dios continúa apostando por nosotros, y por vosotras en particular, para que la inspiración originaria que el Espíritu confió un día a nuestros fundadores, pueda tomar forma hoy. ¡Quién sabe qué incidencia puede tener aún en este tiempo el testimonio de las Hermanas Pobres de Santa Clara sobre la iglesia y sobre el mundo!... Con Francisco queremos renovar nuestro compromiso con vosotras: «Ya que, por divina inspiración, os habéis hecho hijas y siervas del altísimo sumo Rey Padre celestial y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio, quiero y prometo dispensaros siempre, por mí mismo y por medio de mis hermanos, y como a ellos, un amoroso cuidado y una especial solicitud»(23). Y con Clara os pedimos que “observéis siempre

solícitamente lo que al Señor prometisteis” (24).

En alabanza de Cristo

 

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm Fr. Mauro Jöhri, ofmcap

Ministro General Ministro General

Fr. Marco Tasca, ofmconv Fr. Michael Higgins, TOR

Ministro General Ministro General

 

Roma, 2 de febrero de 2011

 

1 Benedicto XVI a la 23ª Asamblea general de la Fiuc, 19 de noviembre de 2009.

2 RCl I, 2, FF 2750.

3 TestCl 5, FF 2824.

4 Cfr. El servicio de la autoridad y de la obedicencia, 7.

5 Cfr. 3Cta 26, FF 2893.

6 Benedicto XVI, Audiencia general, 27 de enero de 2010.

7 Cfr. Jn 1,1.

8 1Jn 4,8.

9 UltVol FF 140.

10 Benedicto XVI, Audiencia general, 13 de enero de 2010.

11 Cfr. Ex. 3,11

12 Fray Giacomo Bini, ofm Ministro general, en L’Osservatore Romano (it), 1 de Febrero de 2003, pag. 6.

13 Cfr. Vita consecrata 90.

14 Cfr. Recomenzar desde Cristo 22.

15 Cfr. Chiara d’Assisi e di oggi, fr. José Carballo, op. cit., pag. 15- 16.

16 Cfr. Benedicto XVI, Audiencia general, 27 de enero de 2010.

17 Cfr. Perfectae caritatis 13.

18 Instrumentum Laboris IX Sínodo V. C. 1994 53.

19 1Cta 12, FF 2863.

20 Cfr. Deus Caritas est 7.

21 2Cel 204

22 Reciprocidad y complementariedad entre frailes menores y hermanas clarisas, Relación del ministro general Fr.

Hermann Schalück al Congreso Internacional de los Asistentes de las Federaciones de Hermanas franciscanas

contemplativas (3 de septiembre de 1996).

23 RCl VI, 3-4.

24 BendCl 16.

 

 

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